dimarts, 10 de gener de 2017

RAZONES DEL HOMENAJE A GAIETÀ RIPOLL


Artículo de Miguel Hernández
Nº 4 de la revista "Gaietà Ripoll" de Ateus de Catalunya


RAZONES DEL HOMENAJE GAIETÀ RIPOLL (páginas 10-12)

Los monumentos que tienen como finalidad homenajear a figuras históricas y de paso evocar el derecho a la libertad de pensamiento no suelen tener precisamente un carácter festivo. En general, el motivo de que sean erigidos obedece al deseo de recordar a víctimas de la violación de este derecho fundamental. Dichas víctimas no solo vieron limitados su libertad para pensar y opinar como juzgaran oportuno, sino que ese deseo les llevó a la muerte. Su “ajusticiamiento” no tenía únicamente la finalidad de castigar a esa persona en particular por haberse apartado del rebaño, por haberse atrevido a pensar por su cuenta, sino que servía como un mecanismo de control social, como un recordatorio de cuales son las normas de obligado cumplimiento, de quienes se encargan de aplicarlas y de hasta qué punto están dispuestos a llegar para cumplir con su cometido.
Miguel Servet, médico y teólogo aragonés, fue ejecutado por Calvino en Ginebra a causa de sus creencias. De nada le sirvió ser el primero en describir la circulación pulmonar o menor. Lo importante, por lo que merecía la muerte, fue por sus “errores” teológicos. Esto se dice en la sentencia: “Por estas y otras razones te condenamos, M. Servet, a que te aten y lleven al lugar de Champel, que allí te sujeten a una estaca y te quemen vivo, junto a tu libro manuscrito e impreso, hasta que tu cuerpo quede reducido a cenizas, y así termines tus días para que quedes como ejemplo para otros que quieran cometer lo mismo”. Sébastien Châteillon, coetáneo de Servet, escribió un libro en su defensa y donde se defendía la libertad de conciencia. En él se puede leer: «Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre. Cuando los ginebrinos ejecutaron a Servet, no defendieron una doctrina, mataron a un ser humano; no se hace profesión de fe quemando a un hombre, sino haciéndose quemar por ella». «Buscar y decir la verdad, tal y como se piensa, no puede ser nunca un delito. A nadie se le debe obligar a creer. La conciencia es libre». El monumento a Miguel Servet, situado cerca del sitio donde fue quemado, fue propuesto por el español Pompeyo Gener con motivo de un congreso internacional de librepensadores que tuvo lugar en 1902. Sin embargo, el proyecto quedó desvirtuado al ser redactada la inscripción por un calvinista. El resultado fue que logró que sirviera más para disculpar a Calvino que para recordar lo sucedido a esta figura histórica. El 3 de octubre de 2011, en conmemoración del 500 aniversario del nacimiento de Miguel Servet, la ciudad de Ginebra instaló una estatua de Miguel Servet cerca de esta estela. Quizá el ejemplo más conocido sea el de Giordano Bruno. Astrónomo, matemático, filósofo y poeta. Bruno parecía destinado a una tranquila carrera como fraile dominico y profesor de teología, pero su insaciable curiosidad le llevó a su perdición. Se las arregló para leer los libros del humanista holandés Erasmo, prohibidos por la Iglesia, que le mostraban que no todos los «herejes» eran unos ignorantes.

También se interesó por la emergente literatura científica de su época, incluida la nueva astronomía de Copérnico. Sus opiniones científicas y sus dudas respecto a algunos dogmas de la doctrina católica como la Trinidad y la Encarnación le llevaron ante el tribunal de la Inquisición y a su condena. Sabía lo que se estaba jugando, pero prefirió la muerte a la retractación. Muchos eran previamente ejecutados para evitarles el sufrimiento, pero él no gozó de ese privilegio y lo quemaron vivo. Además, para que no hablara a los espectadores y pudiera convencer a alguno, perforaron y ataron su lengua. En 1849 la República Romana levantó la primera estatua a Giordano, pero con la Restauración el papa Pio IX se apresuró a solicitar y lograr su destrucción. Hay que esperar 40 años, y desafiar las amenazas y desafíos del Papa León XIII para poder erigir la actual estatua en la Plaza del Campo dei Fiori. La estatua del pensador nunca está sola, pues de día se encuentra en el centro del mercado, y de noche merodean por allí los Erasmus y el resto del estudiantado de la universidad de La Sapienza. François­Jean Lefebvre, conocido como caballero de La Barre, era un noble francés de 19 años en 1766. Un juez local que estaba enemistado con él le acusó falsamente de blasfemia, basándose en pruebas tan endebles como que no se había quitado el sombrero a treinta pasos de una procesión. La Inquisición registró su casa y encontró tres libros prohibidos, entre ellos el Diccionario Filosófico de Voltaire y algunos libros eróticos. El joven fue condenado a sufrir la amputación de la lengua hasta la raíz y la mutilación de la mano a la puerta de la Iglesia, para después ser conducido en una carreta a la plaza del mercado donde fue asesinado por decapitación y quemado en la hoguera junto con un ejemplar del libro de Voltaire. Sus últimas palabras fueron: “Je ne croyais pas qu’on pût faire mourir un gentilhomme pour si peu de chose”, “Yo no creo que deba morir un hombre por hacer tan poco”. En 1897 una comisión de librepensadores decidieron erigirle una estatua al Chevalier junto a la Basílica del Sacre Coeur. Y así se hizo, pero el gobierno de Vichy, en 1941, con la excusa de que necesitaba metal para la guerra, la retiró, lo cual no hizo con otras estatuas de reyes ni emperadores. Actualmente, en el mismo sitio, hay una estatua que se erigió en el año 2001. El nombre del Chevalier de la Barre da lugar a innumerables asociaciones librepensadoras por toda Francia. Valencia tiene el triste honor de ser la ciudad donde fue asesinada la última víctima en todo el mundo de la Inquisición. Han pasado 190 años y ningún monumento, ninguna estatua, ninguna placa explicativa recuerda al malogrado maestro de Ruzafa. En 1905 el Ayuntamiento de Valencia adoptó la decisión de dedicar la plaza mayor de Ruzafa al maestro Gaietà Ripoll. El 5 de agosto de ese año la comitiva llegó a la tribuna y después de leída el acta con el acuerdo de rotulación tomó la palabra el teniente de alcalde. Justo en ese momento las campanas de la inmediata iglesia de San Valero fueron echadas al vuelo impidiendo el discurso entre gritos de protesta y silbidos. El alcalde, Sanchis Bergón, ordenó a la guardia municipal que se dirigiera a la iglesia para detener el toque de campanas. Finalmente fue descubierta la lápida entre vivas a Valencia y a la libertad religiosa. Durante la Guerra Civil a la actual calle de la Beneficencia se le cambió el nombre por la de Gaietà Ripoll. En 1980, siendo alcalde Ricard Pérez Casado, se le puso su nombre a una plaza, y se recordó su condición de maestro. En esa misma plaza, curiosamente, se ha levantado una iglesia de esas de nueva construcción que bajo el mandato de la anterior alcaldesa proliferaron por toda la ciudad. Gaietà Ripoll fue detenido el 29 de septiembre de 1824. Durante los casi dos años que estuvo preso en la cárcel de San Narciso, junto al edificio de las actuales Corts Valencianes, tuvo la visita de varios sacerdotes y teólogos para intentar convencerle de que se retractara de sus creencias. El no era ateo, ni siquiera agnóstico, era deísta. Los deístas admiten la existencia de dios como principio y causa del mundo pero niegan que intervenga en los asuntos humanos. Según esta creencia, dios está en todas partes, pero no es un dios personal. Ripoll sabía lo que se jugaba y a pesar de todo no cedió.

Lo que estaba en juego en 1826 es lo mismo que lo que está en juego hoy: la libertad de pensamiento y la libertad de expresión. Recordemos los 4 “delitos” de los que fue acusado: • sustituir en las oraciones de clase la expresión “Ave María” por “Alabado sea dios”; • no acudir a misa ni llevar a sus alumnos; • no salir a la puerta de la barraca donde daba clase para saludar el paso del viático quitándose el sombrero; • comer carne en viernes santo. Por estas cuatro razones una persona en la ciudad de Valencia hace menos de doscientos años mereció la muerte. La Declaración Universal de los Derechos Humanos dice en su artículo 18: Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.
En pleno siglo XIX ya no se atrevieron a quemarlo, así que se limitaron a ahorcarlo y después a dejarlo caer en un tonel con las llamas pintadas, pues la pena para un hereje estaba muy clara: la hoguera. Había que purificar ese cuerpo corrompido, impuro. En la ciudad de Valencia hay muchos monumentos. Los hay, por ejemplo, a la capa española, al humorista Don Pío o a una misa que ofició el papa Benedicto XVI. 

En el caso de la iniciativa que aquí se propone, el motivo no se limita a rendir un homenaje a una figura histórica, sino que va mucho más allá. Al invocar un derecho fundamental como es la libertad de conciencia, inmediatamente trascendería su contenido más literal y podría llegar a convertirse en un lugar simbólico para el conjunto de la ciudadanía. Cada 9 de diciembre, Día Internacional del Laicismo y la Libertad de Conciencia, todas aquellas asociaciones que luchan por estos objetivos tendrían un lugar de encuentro donde visibilizar sus reivindicaciones. Pero no solo se podrían reunir ese día. Pensemos por ejemplo en situaciones dramáticas como el atentado a la revista satírica francesa “Charlie Hebdo”. Pensemos igualmente en reacciones a medidas del poder que supongan un ataque a este derecho fundamental. Dotar a la ciudad de un lugar simbólico de este tipo supondría un gran avance en esta dirección. Otras grandes ciudades del mundo ya disponen de estos hitos para el imaginario colectivo. En el caso que aquí se propone, además, al ser un lugar eminentemente turístico, ya que no solo se encuentra en pleno casco histórico, sino en frente del único edificio que es Patrimonio de la Humanidad, tendría efectos multiplicadores en la difusión de la reivindicación del derecho de la libertad de pensamiento.

No son casuales las dificultades que encuentran siempre este tipo de monumentos. Lo hemos visto en todos los ejemplos citados mas arriba. En el primero dedicado a Miguel Servet, se encargó de redactarlo un seguidor de las doctrinas de su verdugo y así le quedó el texto: “Hijos respetuosos y reconocedores de Calvino, nuestro gran reformador, pero condenando un error, que fue el de su siglo, y firmemente apegados a la libertad de conciencia según los verdaderos principios de la Reforma y del Evangelio, hemos erigido este monumento expiatorio el XXVII de octubre de 1903”. En el caso de Giordano Bruno, al regresar el papa a posiciones de poder se apresuró a ordenar la destrucción del monumento, y hubo que esperar 40 años, y superar un nuevo periodo de manifestaciones y algaradas encabezadas por la jerarquía eclesiástica, para volver a instalar una nueva estatua en el lugar donde fue asesinado. Finalmente, ya hemos visto como los nazis eliminaron el monumento al caballero de La Barre. El gran científico Carl Sagan, en su libro “El mundo y sus demonios” tiene unas palabras que parecen escritas para esta ocasión: “Si estamos absolutamente seguros de que nuestras creencias son correctas y las de los demás erróneas, que a nosotros nos motiva el bien y a los otros el mal, que el rey del universo nos habla a nosotros y no a los fieles de fes muy diferentes, que es malo desafiar las doctrinas convencionales o hacer preguntas inquisitivas, que nuestro trabajo principal es creer y obedecer… la persecución de brujas se repetirá en sus infinitas variaciones hasta la época del último hombre (…) Si no conseguimos entender cómo funcionó la última vez, no seremos capaces de reconocerlo la próxima vez que surja”

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