AMPARO
ARIÑO
Doctora en Filosofía y miembro de AVALL
Publicado en La Marea (enero 2017)
Treinta años de docencia le han dejado la garganta y los bronquios al
límite. No por debilidad, sino por pasión pedagógica. Nada que no suavice una
infusión de jengibre y regaliz con un cacito de miel. “Hablo mucho, muy rápido,
disfruto en clase”, asegura esta profesora de Historia de la Filosofía por la
Universitat de València, ahora prejubilada, pero capaz de ofrecer, frente a una
mesa de café, una lección sobre filósofos presocráticos y el existencialismo de
Sartre y Simone de Beauvoir. Todo para encontrar raíces y razones en el ateísmo, “una vía
directa hacia la libertad y la autonomía”.
Y eso es el saber. "Sapere aude",
atrévete a saber, según la filosofía kantiana. Una audacia que Ariño practicó
desde joven. “Poco a poco te vas desengañando de la religión”. A los 14 años,
tras la misa, abordó al cura en la sacristía de tan indignada por una homilía
con exaltaciones al dolor, el sufrimiento y la fatalidad. “¿De
verdad cree que Dios quiere que seamos infelices?”, reprendió a un sorprendido
párroco.
Y así, de uno en uno, fue ascendiendo todos los
escalones del pensamiento hasta el abismo. “El cielo está vacío, estamos
solos”, recita uno de los diálogos de Las
Moscas, de Sartre.
Un espacio deshabitado que el ser humano ha ido llenando con
voluntad de control social, castigo y consolación. Esa sería la esencia de la
religión y del poder civil, dos elementos que, según Ariño, siempre van de la
mano. Algo que ya inquietaba a los sofistas, entre los siglos V y IV antes de
Cristo. “Eran racionalistas y materialistas y entendían el hecho religioso como
algo social, determinado por factores políticos y económicos”, explica Ariño y
añade: “Lo sobrenatural quedaba aparte”.
Por ejemplo, Protágoras ya se declaró agnóstico e incapaz de
determinar la existencia o no de los dioses: “Me lo impide la oscuridad del
tema y la brevedad de la vida humana”. Y apuntó a que si los leones y caballos
tuvieran manos, pintarían a sus dioses con forma de caballos y leones. Pródico
escribió que la religión diviniza lo que el ser humano precisa para sobrevivir.
Como el pan. Y por eso Celes era la diosa de los cereales. O Trasímaco, otro
sofista, mostró el mismo desdén hacia los dioses que los dioses podían mostrar,
teóricamente, hacia los humanos: “Si existen, no les importamos, ya que, de lo
contrario, no habrían descuidado el mayor de los bienes, que es la justicia”,
parafrasea Ariño.
Y en la
cumbre de la intromisión y la lucidez hallamos a Platón, quien en Las Leyes describió
la ciudad y de qué forma la religión debía ser una cuestión exclusiva del
Estado, con sus dioses reglados, sus fiestas de guardar y la represión, hasta
el exterminio llegado el caso, de los incrédulos. “Para Platón, los principales
enemigos eran los ateos que eran buenos ciudadanos, el mal ejemplo siendo un
buen ejemplo”. Su República era totalitaria, alienadora, pero con elevadas
dosis de eficacia política. Las mujeres debían participar de la política para
no desaprovechar a la mitad de la población. Y los gobernantes vivirían bien,
pero sin propiedades privadas. “No se fiaba en absoluto e intuía lo que está
sucediendo ahora”, añade Ariño sobre la corrupción institucionalizada.
“La libertad es responsabilidad y ésta nos angustia, pero al
mismo tiempo es esa libertad lo que nos permite construir nuestra propia
existencia, sin una esencia previa que nos determine, ni unas leyes divinas que
nos obliguen”, relata en un salto de siglos hasta la Francia del mayo del 68.
Una idea que recorre las tres décadas de docencia abriendo mentes frente al
miedo y la superstición, educando hacia la libertad. El conocimiento, la duda y
la curiosidad. El único más allá posible de la filosofía, el más ateo de los
saberes.
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